Para quienes aportaron con buenas, malas e inclasificables experiencias en mi vida. Sepan que lo que reí y sufrí no fue una perdida de tiempo.
Solo una de las siete historias de vida.
Para ella,
a ver si la puedo conjurar.
Por Rodrigo Pérez
Nota: tiene todavía varios errores de redacción.
Un segundo intento
Capítulo I
El Encuentro
Noche del 24 de Diciembre de 1685 D, Azeroth.
or los oscuros pasillos de la biblioteca, pisos de piedra y estantes de madera de caoba, repleto de restos de pergaminos y libros empolvados se paseaba una silueta de mediana estatura con una vela en su mano izquierda. El hombre, pues su espalda era ancha, estaba cubierto por una capucha negra, veía más bien sus pisadas que el camino que recorría. Sus botas de cuero marrones, adornadas con hebillas de oro, hacían notar sobre su posición social, solo un hombre muy rico podía costearse esas botas. Vagando por los pasillos, entre los libros que una vez se prohibieron, es más, entrar a la biblioteca sin el permiso de la más alta autoridad eclesiástica era motivo de un largo juicio que terminaría en la orca. Muchos son los que han tratado de recuperar los fragmentos del libro sin nombre, pero ninguno ha sobrevivido.
Pero esa no era su misión esa noche. Sin embargo pensar en las palabras que estaban escritas en esos libros y pergaminos hacían titubear al hombre. Historias sobre grandes héroes de la antigüedad, alhijes, eran sin duda algo mas que un simple mortal, sobre pasados gloriosos, guerras contra seres mitológicos, contra dioses, documentos sobre las cinco edades anteriores, todos almacenados en este gigantesco complejo.
En un papel en su mano, se alcanzaba a leer: “Autorizado por su santidad Ángelus Mare”, mas abajo otro papel superpuesto, con mapas de los corredores y una equis marcada con tinta roja y un trozo de lacre trizado. Mientras caminaba, un bostezo.
-Caminas de manera silenciosa con la autorización de su santidad pero no te preocupas de taparte la boca- se oyó la voz de una mujer.
-Hecarias, tan mordaz como siempre- dijo el hombre encapuchado.
-Tanto tiempo mi hermano en armas, tienes miedo aún con una excelente copia de la autorización del papa.-
-Las historias de este lugar… - hace una pausa, pues una vez más bosteza, esta vez con más etiqueta.
-Ven conmigo Arunne, la misa de noche buena te atrasó ¿No es así? Conversaremos en otro lugar, la entrada es por aquí- ambos caminan en fila pues los angostos pasillos no permiten que dos caminen por el pasillo de manera cómoda.
A la luz, la mujer poco podía verse, Arunne, todavía no se había quitado la capucha. Su cautela excedía su etiqueta.
La mujer susurra- pensé que ibas avenir con guardias de escolta, después de todo nadie vaga por aquí sin un ejercito- se arregla elegantemente sus cabellos castaños, ahora visibles por la luz de la vela.
-Preferí entrar a escondidas, todos están borrachos por noche buena, el documento es tan solo una manera de evitar problemas futuros- hace un pausa, pone su mano derecha bajo su barbilla, y dice –Lo que me gustaría saber es donde está…-
-Con nosotros, mi hermano en armas, no tienes nada de que preocuparte, ahora, lo que esta en esta biblioteca son simplemente, fuentes para un historiador.- interrumpe la mujer. Al darse vuelta se pudieron notar, a la tenue luz de la vela, sus rasgos delicados, su nariz puntiaguda y su frente lisa, su cuellos estaba cubierto con un pañuelo verde, lo único de prenda que podía vislumbrarse bajo un abrigo grueso de tela blanca. Hizo una mueca al recibir el calor de la llama en su cara.
Como los pasillos son largos ella pudo notar la flama desde lejos, pensó Arunne.
Caminaron, por unos cincuenta metros hasta llegar a un estante vacío. Arriba, sobre el estante había una placa de bronce que tenia grabadas letras arcaicas, pero que ambos sabían que decía: “Sexta edad, historia independiente del los reinos unificados de Azeroth, los siete cetros y coronas” rápidamente la mujer toma el estante y lo corre, fácilmente, dejando al descubierto unas escaleras de piedra. Ella nunca miro atrás. Arunne en cambio siempre vigilante buscando un posible intruso a parte ellos. Ambos entran y cierran el estante, y corren un cerrojo de metal para dejarlo fijo.
Bajaron unos metros y luego…
-¡¿Para que rayos tengo yo que arriesgar mi pellejo en este lugar de muerte por un libro que ustedes ya tomaron?!- Grito Arunne al rostro de su compañera. Sin dejarle tiempo para responder, -¡Respóndeme Hecarias!-
Se retrasó mucho Sir Arunne, señor de las tierras bajas de Azeroth, pueblos de Aristaiz y castillo de Grebas. Pensamos que se había retrasado por la misa de navidad, preferí hacerlo yo misma. Además no quería importunarle.
Arunne se calmó rápidamente, ante su bella voz. Además su explicación tenía sentido, la única razón por la que debía tomar el libro era por que era el noble y el permiso falso le otorgaba mayor credibilidad. Pero al ser noble estaba obligado a asistir a la misa de noche buena en la Catedral de Nuestro Señor Salvador.
-Lo lamento, pero no me llames Sir, ese título tiene tanto valor como el tuyo, embajadora.- una breve pausa -Ja!-
-Tienes toda la razón- respondió Hecarias.
Ahora los pasillos eran de piedra, pero lo bastante altos como para sentirse cómodo, de vez en cuando había inscripciones en la piedra que podían mantener entretenido el viaje, algunas en diferentes idiomas, la lengua antigua, inglés, español, alemán, latín, griego, y jeroglíficos egipcios también. Muchos años han pasado por estos corredores. Más adelante la vela ya no hizo falta, pues los pasadizos estaban iluminados por antorchas. Ahora se podía vislumbrar el complejo aparato de pasadizos, es más, una inscripción sobre el umbral del pasadizo decía: “Library”.
Hecarias, la embajadora del reino de Teutonia a los pueblos del sur de Ahlian, esos parajes poco explorados y conquistados recientemente por lo teutones. Se había desempeñado más como cronista más que como embajadora, pues los generales le prohibieron interactuar con los nativos. Cambiando su labor a la de reportarle a su majestad Otón de Teutonia, el Gran conquistador. Las labores de sus fuerzas.
Arunne en cambio, era un noble, de un par de pueblos al este de Azeroth, tenía más fama que sus tierras, pues esos pueblos no eran mas que eso, pueblos, no mas de cincuenta familias, pero el comercio de grano, debido a su enorme capital de dudosa procedencia que invirtió en los pueblos, el comercio de aceites ha pagado sus botas, y por supuesto, su castillo, es mas bien una empalizada.
Cada vez las paredes de piedra se hacían más nuevas, y las elecciones de camino eran más, pero Hecarias sabía como llegar. Muchas placas por las paredes, “House of Comerce”, “Royal Armory”, “Cathedral of Azeroth” etc… tenían todo Azeroth etiquetado.
-Mi amiga, pues no has envejecido ni un poco, veo que mi dinero ha sido bien invertido-
-Espera un poco que esto es lo más aburrido del trayecto.-
Ambos viejos amigos caminaron por variados corredores, cruzando la enorme ciudad bajo tierra. Hasta llegar a unas puertas de bronce de cuatro metros de alto, cuidado por dos guardias.
Estos guardias, armados con espadas cortas para maniobrar por los corredores, con unas pocas placas que cubrían su pecho y su brazo izquierdo junto con un broquel. Ambos sentados en bancos de madera. Somnolientos, pero en sus puestos.
La puerta era antiquísima, por lo menos cuatro mil años, pero estaba pulida, ni una sola marca de oxidación. Grabada sobre esa puerta, con bisagras a ambos lados, dos ancianos luchando, uno con una espada y escudo y el otro solo con sus manos. A la izquierda y derecha respectivamente. Pero el de la rececha tenia un aura divina, como ondas que emanaban de él, de hecho si se le analiza cuidadosamente los bordes de la figura no estaban totalmente delineados. El fondo de esta obra eran solo las nubes. Los soldados al verlos a los dos, se pusieron de pie.
Arunne, había soñado siempre con este momento, entrar a ese salón, era hacer o que ninguna mortal de la segunda edad podía hacer, ver y hablar con el padre de todos los dioses, Frakard, quien había luchado con Azer, el primer alhije. Él era el salvador de la humanidad, fue quien encabezó una revuelta contra los dioses, en la primera edad en los albores del tiempo, y liberó a la humanidad de sus garras. En este salón había estado la esencia del dios, prisionera para toda a eternidad, al menos eso se pensaba. Esa esencia tenía forma y era custodiada como un prisionero más, según los textos, ya prohibidos pro su carácter herético por la religión actual.
Si bien para muchos esos eran cuentos de niños para los cuatro presentes esos no eran cuentos de niños, esta era su mesa redonda o su santo grial. Algo que comprobaba que un credo antiquísimo podía ser verdad. Seria el equivalente a la religión católica de encontrar un arbusto en llamas.
-Como te atrasaste no podremos hacer la visita turística- dijo calmadamente Hecarias.
Arunne estaba desilusionadísimo.
-Que eres crédulo, si tan solo era una broma, jamás pudiste entender mis bromas- Sonrió ella –¡Guaridas!-
Las puertas se abrieron, dejando ver un salón hermoso. Pero solo eran ruinas de lo que fue hace ya mucho tiempo. El gran salón de zafiro, lapislázuli, y mármol. En el centro un fuego de un metro de alto sobre un trípode. Las paredes de mármol con detalles de lapislázuli no se encontraban, pero podían leerse igual. Llenos de la antigua escritura de las tierras Azeroth, los pilares de mármol de seis metros de alto se elevaban hasta el cielo. Antiguo hogar del dios. El radio del lugar era de unos veinte metros, con dos corredores, uno junto al fuego y el otro entre las paredes de mármol con enormes placas de bronce, con tal vez las palabras más sabias que un hombre podría toparse.
Aún así, era una prisión, aunque lujosa, las pesadas puertas lo delataban.
Circularon ellos por el círculo central, hasta que atravesaron el fuego, y vieron un pequeño espacio vacío.
Una pequeña placa de plata, nueva pues estaba en ingles. Rezaba “Here lies the Azer, father of Azeroth”. Arunne podía ver su reflejo en la plata, sus cabellos castaños y ondulados, su nariz aguileña. Sonrió.
Arunne estaba emocionadísimo, había visitado la ciudad de Azeroth muchas veces, pero nunca había tenido el tiempo de bajar a los subterráneos, pues tenía una máscara que cuidar. Arunne el noble, no Arunne, el general de Sarmat.
-Aquí estaba el taburete de plata y la urna de Frakard ¿Cierto?-
-Tú sabes más que yo sobre esto, no tienes por que restregarme tu conocimiento-
Arunne sonríe. Y Hecarias prosigue.
-Para mi son ruinas, pero el sentido que tienen me parece hermoso, de los detalles no me preocuparé, solo se que este es histórico centro de Azeroth y de una creencia que murió. Prefiero la luchar por la libertad que por la historia-
Arunne cambia su sonrisa por descontento. Hecarias los sabe, ha soltado al león. Pues Arunne no es de los que cambian con el contar de los años.
-¿Acaso la historia no es libertad? ¿Sabes cuanta gente murió por esto? Es nuestro pasado, sobre todo tú que aun tienes un nombre antiguo, “señora de la guerra”, muy certero si me preguntas. Esta fue la libertad de elección de nuestros antepasados, de luchar por eliminar a los dioses de nuestras vidas. Ahora tú vas a cumplir la misma tarea y no te preocupa que lo hayan hecho antes. Ni que este contenedor, pues no es un cuarto, ni menos ruinas, sea la clave para encerrar al dios de nuevo.
-Yo no creo en eso-
-Touché, pero yo si, estas ante la gran cámara de contención de la antigüedad, la prisión del mismísimo dios Frakard, del cual solo los alhijes tenían conocimiento para proteger al pueblo…- es interrumpido
-Para mi eso no es libertad. Debían saber a lo que se enfrentaban, y elegir creer o no creer. Aún así no creo, pero la libertad esta en mi elección.-
-¿Muy cierto, pero te imaginas que problema subiera causado?-
-Muchos, si, pero era lo correcto- Hecarias no le daba mucha importancia al asunto. Por el contrario, para Arunne, esto era su vida.
-No discutiré más, llegamos a un punto muerto- lo que si, es mi decisión creer esto, si bien piensas. Pues sé que lo piensas, es una perdida de tiempo. Para mi el pasado es lo que me determina, y sobre los que lucharon para hacer este salón. Podemos aprender mucho sobre ellos. Más aún si cumpliste mi encargo-
Hecarias asiente, sabía que los espasmos de defender la cultura y la historia de Arunne son temporales. Muchos años conviviendo en las tiendas de campaña y junto al fuego han hecho que se conozcan el uno al otro, a ambos les encantaba discutir y sabían que las cosas terminaban siempre bien. Dialogo sano.
Arunne se saca el abrigo, y deja ver sus ropas de noble, azules, y bellamente adornadas con plata y oro, con el símbolo de la monarquía teutona, la cruz negra sobre un fondo blanco. La que muchas veces Arunne había pisoteado y quemado en el pasado. Pero había que mantener la máscara. Por mas que le doliese. No pasaba un día en que el antiguo general se aborreciese por usarla. Pero siempre se decía, “es para un bien mayor, causa de todo Azeroth, la libertad”.
-Estamos muy atrasados para eso- dijo al ver sacarse el abrigo –Además, ¿no es este un lugar sagrado?, un muerto y un dios.-
-Graciosa- dijo en tono muy sarcástico. Risa por ambas partes, un solo beso en la mejilla de parte de Hecarias y un:
-Te extrañé- dijeron ambos al unísono. Una simple sonrisa.
Ambos se fueron, los guardias cerraron las puertas y siguieron caminando.
Arunne solo pudo decir una cosa.
-Odio las misas de nochebuena-
* * *